viernes, 4 de febrero de 2011

¿Es tu soledad refugio o castigo?

"En ocasiones, la soledad es una elección inconsciente. Decidimos apartamos para protegemos o porque no aceptamos quiénes somos. En ambos casos hay que renunciar a ella para vivir más feliz e intensamente."

Las personas vivimos la soledad de manera muy diferente. A algunos les encanta estar solos y otros no lo soportan ni siquiera un rato.
Hay tantas maneras de experimentarla como individuos hay sobre la tierra, pero creo que existen algunos rasgos en común que nos permiten dividirlas vivencias de soledad en dos grandes grupos: la soledad como castigo y la soledad como refugio. Dos formas de enfrentarse a un mismo fenómeno, aunque no excluyentes entre sí. Es muy posible que para una misma persona su soledad sea, en determinado momento, un castigo y, en otro, un refugio.

LA UTILIDAD DE LOS PROBLEMAS
Diferenciar estas dos vivencias es importante porque en cada caso la soledad está cumpliendo una función distinta. Aunque sea difícil de aceptar, cuando un problema nos acompaña durante largo tiempo suele estar sostenido en parte por nosotros mismos porque nos "sirve" para algo. Muchas veces, lo que nos hace padecer en la vida es la manera que hemos encontrado de lidiar con algo que nos genera dificultades. Algo que nos libra de un mal, pero que nos somete a otro. Pero... ¿para qué puede servimos la soledad?

LA SOLEDAD COMO CASTIGO
Muchas de las personas con las que me he cruzado en la práctica clínica y que decían sentirse solas sufrían también la sensación de que esta soledad era una especie de castigo, una condena que se les había impuesto por alguna debilidad o deficiencia personal y contra la que era inútil luchar. Así, vivían su soledad como un designio superior, como un inevitable destino fatal.
El hecho de que la soledad aparezca, frecuentemente, asociada a la idea de un castigo no es en absoluto extraña pues, históricamente, a los crímenes más graves se les imponía una de dos penas: la muerte o el destierro. Y, ¿qué otra cosa es el destierro que una condena a la soledad total, una expulsión del mundo de los hombres y la ruptura de todos los lazos con los semejantes?
Arquetípicamente, el destierro es la pena aplicada a aquellos a quienes se considera indignos. La traición, la deshonra, la inmoralidad, son los crímenes que se sancionaban con el destierro, como si se le dijese a aquel que los comete: "Vete, no te queremos aquí, no eres como nosotros, no eres digno de vivir entre nosotros. Vete y no vuelvas".
Este designio no pretendía castigar a alguien por haber hecho algo. En realidad, al desterrado se le castigaba por ser de una determinada manera, por encarnar algo que para el resto de la comunidad resultaba indeseable. Para aquellas gentes expulsar a aquel que avergonzaba era una forma de recuperar el honor mancillado del grupo.
Y creo que vale la pena preguntamos aquí: ¿no es esto lo que hacemos todos cuando expulsamos a otro, apartar un aspecto que nos pertenece pero que nos causa rechazo?
Creo que muchas personas que se sienten solas, sienten su soledad como una condena de destierro, como un castigo por ser como son.
Se sienten indignos y avergonzados de sí mismos y por ello se inflingen o, cuando menos, aceptan el castigo de la soledad. Es como si se dijeran a sí mismos: "Eres indigno, vete, ocúltate". Sostienen ellos mismos esa pena que quizás en algún momento sufrieron o tan sólo imaginaron.

ACEPTAR LA VERGÜENZA
La soledad es, entonces, una manera de expiar la vergüenza que sentimos de ser quienes somos y una esperanza de recuperar, en un futuro, la dignidad. Pero este mecanismo esconde una trampa porque estar solo es, en nuestra sociedad, indigno por sí mismo y al castigo inicial se le suma la vergüenza de la misma soledad.
La actitud de muchos "solitarios" es la misma de los desterrados, buscan reparar esa falta, esa vergüenza. Sólo así podrán volver a estar entre los suyos. ¿Pero cómo reparar la falta de ser quien soy? No hay manera. La única salida es abandonar de forma definitiva la creencia de que ser de determinada manera puede ser un crimen.
La única reparación posible para la vergüenza -que es el origen de ese destierro que es la soledad- es, justamente, el encuentro afectivo con el otro. Si frente a la vergüenza nos retraemos, nos alejaremos de aquello mismo que podría ser su bálsamo. Habrá entonces que hacerle frente, no persiguiendo el objetivo de que desaparezca, sino soportándola con la entereza que nos quede.
Si esperamos a "volver con la cabeza erguida" correremos detrás de alcanzar "el honor", pero éste nos eludirá como una sombra y es probable que pasemos mucho tiempo en el destierro de la soledad. Quizá sea mejor volver, como dice el tango, con la frente marchita, pues todos sentimos en mayor o menor medida cierta vergüenza, cierta indignidad: procede de tener conciencia de nuestra fragilidad, de nuestras miserias y temores. Viene, en suma, con el hecho de ser persona.

LA SOLEDAD COMO REFUGIO
Para otros la soledad, lejos de ser un castigo, se constituye en un refugio. Un lugar seguro -incómodo y desagradable pero seguro- donde permanecer fuera del alcance de otros peligros mayores.
En este caso, la imagen que viene a mi mente no es la del destierro, sino la de una caverna oscura y fría, en la que uno se internara para escapar de algo que nos persigue. Preferirías sin duda estar caminando bajo los árboles, entre los rayos del sol, pero ¡cuidado!, sabe Dios con qué podrías encontrarte.
Decíamos al comienzo que pocas cosas nos atemorizan más que la idea de encontramos solos por completo, entonces ¿a qué podríamos temerle tanto como para elegir refugiarnos en la caverna de la soledad? Evidentemente a amenazas provenientes de los otros, en particular: al rechazo y al abandono.

RECHAZAR Y SER RECHAZADO
Tanto el rechazo como el abandono son experiencias dolorosas, no sirve de nada negarlo. El problema radica en creer que es posible tener la certeza de que no nos ocurrirán a nosotros. Esa certeza nadie la tiene.
Si yo creo posible tener vínculos con los otros sin tener que pasar por situaciones de rechazo, cuando me lleguen, porque seguro que lo harán, me enojaré o lo sentiré como una injusticia. O, por el contrario, pensaré que se debe a que algo anda mal conmigo. Lo cierto es que no es posible relacionarse e intimar sin correr el riesgo de pasar por las experiencias de ser rechazado, de rechazar, de ser abandonado o de abandonar. Es más, casi podríamos decir que no se trata de un riesgo sino de una certeza: alguien nos rechazará -al menos en algún aspecto o a la hora de compartir algo-y rechazaremos a alguien -aunque luego le aceptemos para otra cosa-.

EL VALOR DE LAS RELACIONES
De la misma forma, en algún momento de nuestra vida, a todos nos tocará el abandono. Aun en el mejor de los casos en que un vínculo dure toda una vida, no durará más que eso y entonces, inevitablemente, uno dejará al otro. Y es que crear lazos es doloroso pero, aun así, vale la pena.
Cuenta Antoine de Saint-Exupéry que el Principito se encontró un día con un zorro:
-Ven a jugar conmigo -dijo el Principito.
-No puedo -respondió el zorro-, no estoy domesticado. Domestícame y podremos jugar juntos.
-¿Qué significa domesticar? -preguntó el Principito.
-Es algo muy olvidado -dijo el zorro-, significa crear lazos. Vendrás cada día y te sentarás cada vez un poco más cerca. Yo primero te miraré desconfiado, luego te iré dejando acercar. El trigo no significa nada para mí, pero tú tienes cabellos dorados, si me domesticas, cada vez que vea los campos de trigo serán algo especial.
Y así, el Principito domesticó al zorro y se hicieron amigos. Hasta que un día el Principito tuvo que continuar su viaje.
-Bueno -dijo- debo irme.
-¡Ah! Voy a llorar-dijo el zorro.
-Tuya es la culpa. Me pediste que te domesticara y ahora estás triste.
-Cuando te dejas domesticar se corre el riesgo de llorar un poco -dijo el zorro.
-Pero entonces no ganas nada -dijo el Principito.
-Gano -respondió el zorro- por el color del trigo.
Más allá de su presencia actual o no, siempre ganamos de los encuentros con los otros. Y ganamos por lo que dejan en nuestra vida. Por lo que de ellos vive en nosotros y por lo que de nosotros pervive en ellos. Y quizás encontrar a esas personas importantes en nosotros puede también aliviarnos de esa soledad esencial de ser uno mismo.

Fuentes:

Por Demián Bucay
Revista "Mente Sana" Nº8

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