miércoles, 18 de junio de 2008

Universalidad de la Magia.

La magia la encontramos a lo largo de la Historia en todos los pueblos en los que la fe en los presagios y en las predicciones sobre el porvenir era general. El mundo primitivo que la vio nacer era el de las concepciones animistas, un mundo donde todos los seres animados e inanimados, hombres y dioses, estrellas, árboles, fuentes y roca se encerraban por igual un alma, un espíritu o, más exactamente, muchas almas. La creencia de nuestra civilización en la existencia en el hombre de una sola alma, de la unidad y permanencia del «yo», creencia que, desde luego, dista mucho de ser universal, nos hace difícil, a veces, entender la concepción animista que se halla en el origen de la magia.
La constatación de la diferencia radical entre una persona viva y muerta, la gran pregunta de qué es lo que un momento antes de la muerte «animaba» al cuerpo vivo, que le «abandona» en su último suspiro, las apariciones en sueños de las personas muertas a los vivos y el mismo cariño de los seres vivos que se niegan a dejar desaparecer de su mente y de su vida a las personas queridas, debió dar origen a unas creencias universales de la existencia en el Más Allá, al mismo tiempo que seguían queriendo ver en los objetos y lugares donde sus allegados habían vivido su presencia espiritual, recabando su intercesión y su ayuda ante las divinidades en el otro mundo.

Según Taylor, esta fe surgió debido al interés peculiar que sentía el hombre primitivo ante estos estados especiales que sentía de vez en cuando el mismo hombre y quienes le rodeaban: los estados de sueño, el desmayo, las alucinaciones y hasta la propia muerte.

Cuando los Egipcios, ya convertidos al cristianismo, hablan del alma, empleaban la palabra griega"Ψuχη, ηζ"(genio). Mostraban claramente con ello que ninguno de los términos empleados en su lengua se adaptaban claramente para definir sus creencias, sus nociones sobre la idea cristiana de alma.

En el más antiguo estadio de la Religión egipcia, que conservamos gracias a la compilación de los más antiguos textos religiosos egipcios, los llamados Textos de las Pirámides, había ya tantas almas como centros de actividad se percibían en el cuerpo humano:
a) El ka, en el que algunos han querido ver un reflejo inmaterial del cuerpo, el doble, que reproducía la imagen del cuerpo y que recobraba su vida propia al morir el cuerpo físico, pero no podía tener entidad propia sin la existencia del soporte físico, como la momia o la estatua del difunto y del que otros hablan como del genio protector que nacía con el hombre, que vivía con él y que cuidaba del hombre hasta su muerte.
b) el ba, o «alma-pájaro», que la muerte tiene aún en sus brazos en las pinturas funerarias, algunas veces en forma de pájaro con cabeza y brazos humanos y presentando a la momia una vela, jeroglífico del viento y el aliento. Es la parte espiritual del individuo que, después de la muerte, encuentra su individualidad y puede errar a su antojo. Que puede quedarse en la cámara funeraria, al lado de la momia, pero que prefiere, sobre todo, pasearse por el cielo y volver a los lugares donde el difunto vivía, siendo a su vez, el alma itinerante de un ser viviente, capaz de acción material.
c) Otros de sus principios espirituales era expresado por medio del ibis con cresta, era el akh, un principio inmortal, «el luminoso», de la misma esencia del fuego y los astros, que, al morir el cuerpo, iba hacia la región ígnea situada por encima del cielo.

El akh es un principio inmortal y a la misma raíz corresponden las palabras «brillar» y «ser eficaz». Y parece que hay que ver en el akh un poder invisible que puede prestar su eficacia a lo hombres y también a los dioses. En algunos contextos, akh se aplica a los «espíritus», genios
intermediarios entre los dioses y los humanos. Algunas veces, designa a los muertos privilegiados o tal vez a los fantasmas o aparecidos, entre los Coptos, los akhou, en otros tiempos seres prestigiosos, que se convierten en «demonios».

Al lado de estos principios, ka, ba y akh, que se unían al cuerpo para formar un ser completo, la personalidad de un egipcio contaba aún con otros elementos, como la sombra negra que salía por las noches de la tumba o «Khaibit», y el «nombre», la esencia misma de la persona, su fuerza, que se mantenía en secreto, del que nos ocuparemos más tarde.
Tal vez estos principios coinciden con la afirmación de Diógenes Laercio cuando dice:
«Todo el aire está lleno de almas, y éstas se consideran démones y héroes y por ellos les son enviados a los hombres los ensueños, las señales y las enfermedades, y no sólo a los hombres, sino a las ovejas y demás animales. Con respecto a ellos se han producido los ritos purificatorios
y apotropaicos, toda la mántica, los rumores y las cosas semejantes.

En la civilización egipcia, llena de creencias en las fuerzas sobrenaturales, la magia se distinguía mal, tanto de la práctica de la religión como de la ciencia o la medicina. Y no es en los templos o en sus representaciones donde se encuentran testimonios.

El culto oficial mencionaba, en ocasiones, la magia, como una ciencia legítima, enseñada y practicada por los dioses, pero no estaba fundamentada sobre ella. En la religión funeraria sucedía todo lo contrario. Su punto de partida estaba fundamentado sobre un conjunto de fórmulas y ritos mágicos compuestos por los sacerdotes de Heliópolis, que tendía a reformar el orden establecido en el otro mundo por medio de encantamientos irresistibles e incluso de amenazas. El procedimiento, heredado sin duda de usos prehistóricos, permaneció en las prácticas funerarias desarrolladas ulteriormente y su espíritu penetró usos que, como la momificación y las fórmulas funerarias, no habían sido mágicos en su origen.

En cuanto a la vida diaria, al lado de operaciones mágicas consideradas criminales, como la hechicería, se usaba sobre todo una magia profiláctica contra espíritus malignos, los animales dañinos, las enfermedades o el mal de ojo. Esta magia actuaba sobre todo por medio del recitado de fórmulas mágicas, por el poder de los nombres mágicos, por encantamientos, figuras y pinturas mágicas y por la posesión de amuletos que representaban dioses o sus emblemas, o por medio de la posesión de signos jeroglíficos que anotaban el nombre de los bienes cuya posesión se quería asegurar, todo acompañado de ceremonias y sobre todo de las poderosas palabras mágicas, que producen resultados sobrenaturales.

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