martes, 7 de diciembre de 2010

El poder de la palabra

Las palabras son las herramientas que construyen nuestra vida. Está en nuestras manos hablar palabras positivas que nos edifiquen a nosotros mismos o que intencionalmente nos destruyan. Las palabras de ánimo que nos digamos son las que nos ayudan a crecer y a madurar emocionalmente.

Lo innombrado es lo ignorado. La palabra es punto de partida de todo lo que es humano. La correspondencia entre los seres humanos y el mundo pasa siempre por la mediación de la palabra. Ella es voz que nombra la realidad, es referencia y signo que determina todas las representaciones. Las edades de la humanidad suelen dibujarse sobre algunas particulares palabras: Dios, eternidad, cielo, infierno, progreso, civilización...

"El mal es lo que sale de la boca del hombre: es una clara advertencia sobre el cuidado con el que hemos de usar las palabras, no por una cuestión de formalidad o educación, sino como una finalidad terapéutica. Las palabras insultantes o despectivas nunca han creado un futuro mejor. El uso de expresiones agresivas, al igual que los malos pensamientos es sumamente peligroso y arriesgado, anula nuestra vida encerrándonos en un círculo de fracaso y frustración.
Más allá del significado de las palabras encontramos otro nivel mucho más abstracto, pero no por ello menos poderoso. Las palabras son el medio de manifestación de nuestro espíritu. Cada palabra es una oportunidad de expresión de nuestro espíritu y por ello tenemos que  ser capaces de transmitir en nuestro lenguaje la fuerza de nuestro espíritu. Cuando hablamos demasiado, o cuando exageramos o falseamos los hechos, nuestras palabras se vuelven inefectivas. Nuestras palabras precisan expresar no solamente la verdad, sino también la propia comprensión y realización.
Las palabras son la manifestación de nuestro mundo interior, al cuidad de nuestro lenguaje purificamos nuestro mundo interior. Al cultivar el hábito de la verdad construimos una plataforma de determinación, seguridad y confianza que nos abre las puertas del bienestar y la consecución de nuestros objetivos. Recuerda que la vida siempre ayuda a quienes se ayudan a sí mismos. Crea un poderoso mundo interior, permite que tus palabras sean su vehículo y transformaras tu vida."

Heráclito definía el logos como el principio rector del cosmos, origen del orden, del conocimiento, de la norma y de todas las medidas. Desde el comienzo de los tiempos se ha repetido entre los humanos la mitología de un caos primigenio análogo a la ausencia de las palabras. El Enuma elish de los acadios habla de un caos acuático anterior al orden cósmico permitido por la presencia de los nombres:
"Cuando al cielo arriba no se le había puesto nombre, ni el nombre de la tierra firme abajo se había pensado... cuando ningún dios había aparecido ni nada había sido nombrado con nombre". Para los griegos, onoma (nombre, palabra) se relacionaba con nomos que significaba organización, verdad, principio, fundamento, disposición. Todas las cosas y todas las acciones en el universo obedecían a una lógica propia de la naturaleza, esto es, a un nomos.

"Es increíble el efecto que producen las cosas que decimos. La mayoría de las veces no nos damos cuenta de lo que decimos y mucho menos de las consecuencias. Las palabras son un reflejo de nuestros pensamientos y sentimientos. Lo primero que nos ocurre es tener un pensamiento que puede ser bueno o malo, luego, si no cortamos ese pensamiento, se puede transformar en palabras y posteriormente en acciones. Por eso es importante inclusive revisar nuestros pensamientos porque allí comienza todo.
Muchas veces lastimamos, ofendemos ó enredamos las cosas sólo con lo que decimos o dejamos de decir, por eso tenemos que pensar antes de hablar."

"El mundo del hombre es la vida de cada quien", decía Wittgenstein. Mundo y vida son una sola y misma cosa: ambos se encuentran en cada conciencia humana, en cada palabra individual. De lo convencional colectivo a lo subjetivo individual, de la historia de los pueblos a la existencia de cada uno de los seres humanos: las palabras comunican a las conciencias. Las palabras son trascendencia: de nuestro cuerpo, de nuestro espacio. Según el imaginario griego, la palabra era vida imperecedera que se alejaba del cuerpo perecedero, sobreviviéndolo. Frente al cuerpo, las palabras representaban la libertad, la fuerza etérea del pensamiento y las ideas.

"La palabra, junto con el poder de la vibración es capaz de crear, sanar y también destruir. La teoría indica que cuando focalizamos nuestra mente en algo, y a esto le sumamos el sentimiento y la emoción para finalmente expresarlo, estamos exteriorizando y materializando un poder que estará afectando los reinados de la materia. Si cada uno de nosotros estuviésemos conscientes de que la energía liberada en cada palabra afecta no sólo a quien se la dirigimos sino también a nosotros mismos y al mundo que nos rodea, comenzaríamos a cuidar más lo que decimos.
Los antiguos esenios sabían de la existencia de un enorme poder contenido en la oración, el verbo y la palabra. Los antiguos alfabetos, como el sánscrito, el arameo y el lenguaje hebreo son fuentes de poder en sí mismos. Los esenios utilizaron la energía que canaliza el lenguaje - la cual era la manifestación final del pensamiento, la emoción y el sentimiento - para manifestar en la realidad la calidad de vida que deseaban experimentar en este mundo. En las culturas del antiguo Oriente eran utilizados los mantras, los rezos, los cánticos y las plegarias con una intención predeterminada como técnicas para materializar estados internos y programar, de una forma ignorada por nosotros en la actualidad, realidades pensadas, deseadas y afirmadas previamente.
Los estudios realizados por físicos cuánticos comienzan a redescubrir y validar el enorme conocimiento olvidado de antiguas culturas ancestrales. Un conocimiento que se encuentra aún escondido y olvidado y que nos aportaría el poder de cambiar nuestro mundo."
Palabra y forma del mundo; palabra y dibujo de la realidad; palabras constructoras o definidoras, palabras hacedoras: mundo como palabra. En su trabajo "Ideologías de la relatividad lingüística", Ferruccio Rossi-Landi señala la existencia de muy hondos particularismos identificados con cada lenguaje. "Toda lengua, dice Benjamin Whorf, es un vasto sistema de modelos, en el cual se hallan ordenados culturalmente las formas y las categorías con las que toda persona no sólo comunica, sino también analiza la naturaleza, acepta o descuida determinados tipos de relaciones y de fenómenos, encamina su razonar y, en suma, construye la morada de su propia conciencia". Más poéticamente, Briceño Guerrero, ilustra estas ideas con sus propios ejemplos: "Un idioma tiene ochenta palabras para designar diversos tipos de arena y ninguna para designar la arena en general. Si ésa hubiera sido mi lengua materna, el amor mío por las playas habría tenido dedos más numerosos y sutiles para acariciarlas minuciosamente desde ojos expertísimos”.
¿Hay lenguas superiores o inferiores a otras? ¿Existen idiomas más ricos o más complejos que otros? La respuesta es tan irrelevante como la pregunta misma. Lo realmente significativo es asumir que cada idioma prioriza una peculiaridad determinada en la correspondencia ser humano-mundo. Todos son traducciones del universo, fascinantes reflejos de las perspectivas que los seres humanos poseen de él.

"El nacimiento del lenguaje fue al mismo tiempo el nacimiento de la humanidad. Cada palabra era el equivalente fonético de una experiencia, de un acontecimiento, de un estímulo interior o exterior. Cada palabra en su origen era un núcleo de energías (¿Arquetipo?) en las que se originaba la transmutación de la realidad en modulaciones de la voz humana, expresión viva del alma. Por medio de la creación verbal, el ser humano tomó posesión del universo. Más aún, descubrió una nueva dimensión, todo un mundo que estaba en el interior de sí mismo y a través del cual se le abría la perspectiva de una forma más elevada de vivir, sobrepasando el estado actual de la consciencia del mismo modo que la consciencia del ser humano supera a la de su hermano animal."

Nadie puede sustraerse a la sospecha de un mágico poder surgiendo de las palabras; intuir que existan secretas y hondas afinidades entre las cosas y los nombres de las cosas. Para los griegos, las palabras eran representaciones. Pronunciarlas equivalía a evocar lo nombrado con todas sus cualidades esenciales. Los nombres cobraban, así, el mismo valor de las cosas.

"Nuestro lenguaje forma nuestras vidas y hechiza nuestro pensamiento"
Albert Einstein

"-¿Qué poder tienen para nosotros los nombres?", se pregunta Platón en su diálogo "Cratilo". La respuesta que él mismo se da es clara y contundente: "-Quien sabe los nombres sabe las cosas". Esa concepción cedería paso a otra que concebía las palabras como signos convencionales sin relación alguna con la cosa nombrada. Ambas tesis aparecen, de hecho, confrontadas en el propio "Cratilo". La mirada de Platón -a través de la voz de Sócrates- luce más próxima de la visión mágica de la palabra. Sin embargo, en su conclusión, el "Cratilo" apunta hacia la sospecha de que los nombres puedan ser ineptos para identificar el conocimiento auténtico de las cosas.
Los poetas, por su parte, tratan de dar con la palabra que describa las imágenes de todos los sentimientos, todas las emociones; la palabra que, indudablemente, alcance a nombrar esencias, verdades y destinos.
Por la poesía los seres humanos nos acercamos a la verdad poética: sabiduría a partir de la expresividad posible de casi cualquier cosa: paisajes, rostros, comportamientos, actitudes, gestos, recuerdos... La
pregunta por la verdad poética postula una de las más auténticas y definitivas formas de conocimiento: el que nace de los sentimientos, la imaginación y la sensibilidad; el que existe en la necesaria comunicación entre los humanos; el que intuye todas las verdades contenidas en cualquier afirmación; el que nos permite reencontrar el universo dentro de nosotros mismos: trasladando lo cósmico a nuestra experiencia y acercando lo ignoto a lo que hemos experimentado y hemos vivido. La palabra de los poetas, ambigua como la vida, indescifrable a veces, también como la vida, es hija de las circunstancias de los seres humanos. La palabra poética es voz que termina con el silencio, es símbolo que dibuja experiencias, es grito y testimonio de recuerdos e ilusiones, es trazo oscuro de vicisitudes escritas sobre las páginas de las edades.

"Dios nos dio dos oídos y una sola boca, usémosla en esa misma proporción."

A comienzos del siglo XX, Walter Benjamín imaginó otra forma de sabiduría necesaria para la humanidad del tiempo por venir. Una sabiduría destinada a un ser humano necesariamente más espiritual, individualizado y libre: ser independiente, contradictorio y siempre comunicativo. Una sabiduría que debía comenzar por asignar una importancia fundamental al lenguaje, el más representativo de los signos de la espiritualidad humana. En su "Programa sobre una filosofía futura", dice Walter Benjamín:

Así como la doctrina kantiana, para poder alcanzar sus principios, tuvo que verse en relación con una ciencia en cuyo respecto pudiera definirse, análogamente sucederá con la filosofía moderna. El gran cambio y corrección que ha de introducirse en un concepto de conocimiento unilateralmente orientado hacia lo matemático-mecánico, sólo podrá lograrse mediante la relación entre el conocimiento y el lenguaje... Kant no advirtió en modo alguno el hecho de que todo conocimiento filosófico tiene su única expresión en el lenguaje, y no en fórmulas y números.

Todo en el universo, concluye Benjamin, es diálogo. Todo en él termina convirtiéndose en traducción. Constantemente los humanos tratan de traducir en sus propios términos, los infinitos lenguajes del cosmos. Al interpretar la lengua muda de las cosas, el ser humano cumple una función divina, prolonga el acto creador de Dios y, solitario, se coloca frente al universo, esforzándose en nombrar la alucinante vastedad de lo inabarcable.
Wittgenstein, en su "Traciatus lógico filosófico", sostiene que la única tarea posible para la filosofía contemporánea debería ser la del estudio de las palabras. Mucho más que una filosofía del lenguaje, el "Tractatus" es un tratado de cosmología. Existe, dice Wittgenstein, una lógica del mundo en la medida en que nada en el mundo podría atentar contra la lógica. La lógica del universo se refleja en la lógica de los lenguajes humanos.
Desde perspectivas opuestas, las miradas de Benjamin y Wittgenstein coinciden. La de Benjamin es una mirada totalizadora para la cual todas las cosas en el universo se expresan en alguna forma de lenguaje. La de Wittgenstein es la mirada a partir del lenguaje: descubrimiento del mundo desde las palabras que lo dibujan; reducción del universo al tamaño de los seres humanos que lo nombran.

"Descubrir el significado de las imágenes arquetipales en las manifestaciones personales y culturales no es una labor sencilla, debido a que no se trata de una exposición de tipo racional como las tradicionales en el quehacer académico. La teoría junguiana parte de considerar que al comienzo de la humanidad, la psique estaba dominada por el inconsciente colectivo y que muy paulatinamente fue surgiendo el inconsciente personal y finalmente apareció la conciencia. Presupone igualmente que de la misma forma que el inconsciente fue primero que la conciencia, también el lenguaje simbólico del inconsciente fue anterior al lenguaje racional de la conciencia. Por ello, todas las elaboraciones inconscientes que aparecen en sueños, visiones, fantasías, ritos, mitos y cuentos populares, aparecen como imágenes simbólicas. La labor de interpretación de esos contenidos consiste en traducir el lenguaje simbólico en lenguaje racional."

El ser humano es un ser ceremonial que, constantemente, necesita revestir sus actos de un sinnúmero de ritualizaciones con las que recubre de sentido todas sus intenciones y comportamientos. Ritualista por esencia, el ser humano cubre de símbolos el universo. El lenguaje ha sido y es el mayor ejemplo de esa voluntad ritualizadora. El lenguaje es suplantación del universo, sustitución de todas las cosas por medio de palabras. Más que nunca antes, el lenguaje reaparece hoy ante los ojos de nosotros, seres
habitantes de un mundo que inicia a un nuevo milenio, como la primera y esencial expresión del espíritu humano. Regresar a la sabiduría del lenguaje sería una forma de regresar a nuestra propia humanidad.
Quizá una de las maneras de entender nuestro presente sea familiarizándonos con las implicaciones de las palabras que él pronuncia, palabras relacionadas con cierta convicción de precariedad, de riesgo. El
signo azarozo de nuestro tiempo se distingue en numerosos imaginarios descritos por palabras que nombran la fragilidad, la desarmonía, el absurdo; pero, también, la solidaridad, la comunicación, la imaginación, la ilusión... En suma, recién estrenado nuestro incierto y ya terrible siglo XXI, sería posible afirmar, parafraseando a Nietzsche, que la creencia final de la humanidad continúa siendo una metáfora de sus sueños, una forma de ficción.

Fuentes:

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