miércoles, 26 de septiembre de 2007

El comportamiento del Guerrero

1) El hombre corriente; el hechicero negro

"Para ti, el mundo es extraño, porque, si bien no te disgusta, estas en desacuerdo con él. Para mí, el mundo es extraño por prodigioso, pasmoso, inconmensurable".


El hombre corriente funciona únicamente con la razón. Ha aprendido, desde su nacimiento, una descripción del mundo que cree definitiva. Sus ideas son las ideas de los demás. La vida del hombre corriente no es más que un montón de hábitos e ideas imbricadas de las que no es autor. Este hombre vive y lucha por las ideas de los demás, y morirá con la íntima convicción de haberlo agotado todo. El hombre corriente no imagina un solo instante que tiene la posibilidad total de cambiar su vida y de combatir sus propios combates. La razón, la idea colectiva, son sus únicas referencias. El cambio con que se le adormece no es en absoluto un cambio: es la modificación inevitable y permanente de una representación ilusoria de la que es sujeto sumiso, hoja a merced del viento. Todos los cambios que anhela no son otra cosa que modificaciones internas de esta representación racional, y nada más.

El hombre corriente no puede hacer otra cosa, en tanto que hombre corriente, que intentar hacer a los hombres semejantes a él: no forzosamente a su idiosincrasia, sino a este "hombre social" del que se le ha persuadido que es el único que existe: que su conocimiento es el único válido, excluyendo, de esta manera, toda otra forma de percepción. No hace sino transmitir lo que le ha sido transmitido; nadie es "responsable" de este estado de hecho: la ilustración racional despliega sus propias posibilidades, y el hombre encadenado desde su nacimiento se convierte a su vez en el guardián del otro.

Así, este hombre anodino, el hombre corriente -todos-, es descrito por Don Juan como un temible demonio: es el policía abusivo y vigilante que, inconscientemente, impide toda evasión, toda elección hacia el poder y la libertad.

2) El guerrero

Transformar esta maravilla en razonamiento no sirve absolutamente para nada. Aquí, a nuestro alrededor, se encuentra la eternidad misma. Intentar reducirla a una absurdidad manipulable no sólo es mezquino, sino francamente desastroso.

No volver a vivir como un hombre corriente, no ser más un hechicero negro, no ser ya un vampiro para con uno y para con los demás, eso es comportarse como un guerrero.

¿Qué es, pues, un guerrero? El guerrero es un hombre que considera su vida como un desafío, y no como una costumbre enojosa. Para ello debe, necesariamente, olvidar su identidad social, para no ser la imagen diseñada por los demás.

Se puede ya decir que el guerrero privilegia el sentimiento a expensas de la idea recibida. La razón es, en efecto, la sociedad en nosotros. No olvidemos que Aristóteles, el Filósofo por excelencia, es decir, el hechicero negro vigilante, definió al hombre como un animal social y un animal racional, lo que viene a ser lo mismo. La expresión idea recibida es de hecho un pleonasmo: toda idea es recibida. El sentimiento ya es más íntimo. En realidad, en todos se anticipa a la idea, pero la tarea de los hechiceros negros consiste en ahogar el "Sentimiento" mediante el pensamiento (y no el sentimentalismo, que es, por el contrario, ampliamente cultivado).

El temperamento del guerrero corta la mierda, dice Don Juan; esta declaración categórica indica que el guerrero realiza desde el principio la separación del Sentimiento de entre las ideas. Poco importa lo que tú ves. Lo importante es lo que sientes.

El guerrero no quiere ser una presa, ni de sus semejantes, ni de las ideas que éstos propagan (lo que viene a ser lo mismo).

En el desierto es donde, acompañado de Don Juan, realiza Castaneda el aprendizaje de la caza. Don Juan le demuestra que sólo puede ser cazado quien cae en la rutina, ya sea animal u hombre. Nuestros semejantes pueden fácilmente atacarnos si somos acechados accesibles a sus ideas. El guerrero debe, pues, ser cazador para no ser cazado. Qué caza el guerrero? Sus propias debilidades, es decir, su tendencia a dejarse arrastrar por los hábitos de sus semejantes.

Son, en efecto, nuestras rutinas las que nos hacen disponibles, localizables, en consecuencia, explotables. Una vez encadenados por las opiniones de los demás, por el papel que ellos quieren hacernos jugar construyendo de esta manera nuestra "personalidad", que no es sino la reivindicación servil y vanidosa de nuestra inscripción en este presidio no tenemos otra opción que la de responder a sus expectativas. La urgencia prioritaria del hombre que se convierte en guerrero es la de transformarse de caza en cazador, de juguete pasivo en estratega activo.

11) La locura controlada

El guerrero considera al mundo como un misterio sin límites, y lo que hacen los hombres como una locura sin nombre.

Todos los actos de los hombres son locura, o más bien son percibidos como locura por quienes ya no creen en el sentido de los actos ordenados por la razón. Los hombres actúan según las reglas que juzgan normales, con fines que estiman necesarios, justos, buenos, y llaman locura a los comportamientos extrarracionales. Volverse loco es perder la razón. Luego, el uso de la razón también es locura: esta normalidad, la razón entera, la explicación racional de las cosas, no es más que locura. Los actos y la vida de los hombres nada significan propiamente: la gente se pasa la vida envejeciendo, y su vida, a pesar de los credos ilusorios a que se afearan, nada significa para ellos ni para nadie.

Los actos de los hombres corrientes son sólo ruido y furor, como dijo Shakespeare El dramaturgo había así intuido que el mundo no es sino un teatro y los hombres actores. El guerrero no percibe las cosas de distinta manera. Sus actos también son locura, pero como él no cree, es una locura controlada.

Con todo el mundo se sirve Don Juan de su locura controlada; todo lo que hace es locura controlada, lo cual no significa que no sea sincero, sino que sus actos son sólo los de un actor. Para mí dice- no hay ni una sola cosa que sea importante, y menos mis actos que los de cualquiera de mis semejantes. A pesar de ello, continúo viviendo porque es mi voluntad... Mi voluntad controla la locura de mi vida.

El guerrero que ha anulado la importancia de las cosas, si escoge vivir, no puede considerarlo como una locura; pero como ejercita una elección que su voluntad dirige, su locura esta controlada. El hombre que está bajo el control de su razón, no se controla; por eso su locura no está controlada, y su lado siniestro no puede apenas ser compensado por su lado alegre: el hombre ordinario no cree estar loco; sus actos son endiabladamente serios! El guerrero elige actuar, debe creer sin creer, como hemos visto. Su acto es puramente gratuito, y él sabe que todos los actos pretendidamente serios son también gratuitos. Tus actos dice Don Juan -, así como, de manera general, los de tus semejantes, te parecen importantes porque has aprendido a pensar que son importantes.

Sí, pero entonces hay que agarrarse a algo. Como ya hemos visto, el guerrero no se agarra a nada; en nada se parece a esa gente que ha pretendido abrumar a su generación haciendo el vacío (qué vacío tan ilusorio!, y qué pérdida de tiempo!) y que, beoda, se agarra a algún mito movilizador, lo que prueba que se ha quedado convertida en hechiceros negros deseosos de creer, es decir, de comer el alimento que trafican sus semejantes.

La locura controlada es el deber creer; la locura no controlada es la creencia. Una cosa es importante cuando se nos ha dicho así y nosotros, solamente, balamos con el rebaño: es el es necesario creer en algo. Pero ACTUAR con todo su ser sin creer y sin conceder la menor importancia a lo que se hace, pero con toda la perfección que da un perfecto control y un perfecto abandono, es un acto de águila solitaria. Es la única manera desinteresada de actuar, y el guerrero debe actuar sin esperar nada a cambio. (Cabe decir que este desinterés nada tiene que ver con un acto caritativo, que da buena conciencia.)

Y este desinterés es vulnerabilidad, y placer sin límites. Si la palabra nobleza tiene sentido, no puede significar más que eso.

Mi risa dice Don Juan- como todo cuanto hago, es real. Pero se trata también de locura controlada, porque es inútil. No cambia nada y, sin embargo, yo siempre río. No habiendo nada más importante que cualquier otra cosa, el guerrero escoge cualquier acción y la ejecuta como si le importase. Su locura controlada le hace decir que concede importancia a lo que hace, le hace actuar como si cada acción la tuviese verdaderamente, y, sin embargo, él sabe que no la tiene. De esta manera, puesto que ha realizado sus acciones, se siente en paz. Que sus acciones hayan sido buenas o malas, acertadas o no, no le concierne en manera alguna.

La locura controlada hace que el guerrero no se ate a nada: El ama aquello que quiere, pero se sirve de su locura controlada para no interesarse... Amar a la gente o hacerse amar por ella no es lo único que podemos hacer en cuanto que hombres. Este amar que nos tira de las orejas no es sino una forma de vampirismo. Amar lo que se quiere y no atarse es también no atar a quién se ama: es la manera más noble de amar. El guerrero puede dar curso libre a sus sentimientos a condición de que no crea, es decir, que no se ate. Sus sentimientos son su locura controlada, deseo sin deseo, y él pasa a otra cosa sin dejar la menor huella.

Y Don Juan añade que su locura controlada se aplica sólo a si mismo y a sus semejantes. En suma, la locura controlada permite pasar a través de la locura de sus semejantes sin ilusión, sin apego; sirve, dice Don Juan, para poder reír siempre.

(Una intuición próxima a ésta se encuentra en un escritor como Jacques Vacher: el humor describe es la sensación de la inutilidad teatral y sin alegría en absoluto. El humor tal como se experimenta es distinto de la jovialidad benevolente o malévola de los hechiceros negros. Esto es ya una visión de la falta de importancia de las cosas).

El guerrero, no perteneciendo ya al mundo y a sus semejantes, escoge, sin embargo, ejercer y, en apariencia, actuar como ellos. La única diferencia radica en que él equilibra su espíritu controlando su locura, mientras que los hombres en general mueren locos.

12) El temperamento del guerrero

El temperamento del guerrero exige el control de sí a la vez que un completo abandono de sí.

Un guerrero no puede dejarse coger desprevenido; todo lo que emprende lo hace estratégicamente. El guerrero no deja nada al azar: Los cazadores deben ser hombres con una excepcional posesión de sí mismos. Dejan al azar lo menos posible.

Y sin embargo, el guerrero, borrando de su alrededor toda certeza, no sabe en absoluto lo que va a ocurrir: Es una situación misteriosa y apasionante. Nadie sabe por dónde saldrá el conejo; ni siquiera nosotros.

Don Juan se limita a seguir las indicaciones del poder para mostrar a Carlos Castaneda la senda justa. Su perfección le sitúa en condiciones de interpretar lo que decide el poder, pero no sabe nada por adelantado.

Lo que guía al guerrero es su determinación inflexible, de la que nada puede apartarle, pero que puede también desviar cualquier cosa. Esta determinación inflexible es el designio del guerrero. Su designio y su inflexibilidad no consisten en aferrarse a cosas que sólo existen en nuestros pensamientos. Las convicciones adormecen y nos vuelven tímidos. El universo es misterioso y nosotros somos tan misteriosos como él; de esta manera el guerrero rechaza toda explicación: permanece alerta en su mundo, su único mundo, espantoso e inconmensurable. Y su decisión, cuando es tomada ante su muerte, es irrevocable ya que solamente las decisiones de un inmortal pueden ser anuladas, objeto de duda.

La ausencia de referencias de un mundo familiar, la total toma de responsabilidad del hombre que rehusa abandonarse, hacen que el guerrero combine el control y el abandono. No puede ceder al pánico, pues no se cree importante y confía en sí o, al menos, en su poder. Su radical receló frente al mundo descrito se traduce en confianza en sí mismo, en su espíritu de hombre: ése es su deber creer. Debe concentrarse en sus dones sin la menor vanidad ni la más mínima falsa modestia, ya que en un mundo donde le acecha la muerte, en nada han de afectarle esos escrúpulos mundanos.

Para que Carlos Castaneda se convenza y lleve a cabo esta importante combinación, Don Juan le coloca frente a una situación muy peligrosa: de noche, en el desierto, Carlos Castaneda es perseguido por un puma. Se libra muy bien y Don Juan le felicita: Te has abandonado hasta un cierto punto y, al mismo tiempo, te has controlado hasta un cierto punto. Trepar esta pared en la oscuridad exige que izes tu cuerpo a pulso y que, a la vez, te abandones. Es lo que yo llamo el temperamento del guerrero.

El abandono y el control son la combinación perfecta de la acción, del activo y del pasivo de la inspiración y de la expiración (Lin Tsi, maestro Ch'an, incita a sus aprendices a aguantar firme y a soltar); del cálculo y de la audacia, de la desconfianza y la confianza. La desconfianza crea control, la confianza, abandono. Desconfianza hacia el mundo, confianza en sí mismo. Y la confianza en sí del guerrero no es la del hombre medio: el hombre medio depende de sus semejantes, mientras que el guerrero sólo depende de sí mismo. La confianza en sí mismo hace que estemos seguros de las cosas. El guerrero no es en absoluto un ser calculador y pusilánime; tampoco es excesivo y temerario. Sólo ejerce su valor a sabiendas, al igual que un general que tiene toda la suerte de su parte y que deja el resto al destino. El guerrero no está jamás seguro de sobrevivir, pero todo lo hace con este fin: no para sobrevivir como una rata, ni para atracarse, sino como un guerrero. Y si su destino es perecer, está preparado. Por eso no puede comportarse como un chiquillo llorón. Acepta siempre su suerte, sea cual sea. Sabe que nadie hace nunca nada a nadie. Cuando Carlos Castaneda es perseguido por el puma, no se le pasa por la imaginación quejarse o acusar. Don Juan le dice que debe actuar con sus semejantes.

13) impecabilidad

...

14) Conclusión: El camino que tiene corazón

Ser guerrero no es únicamente cuestión de deseo: es el combate de toda una vida.

Cuanto más avanza el guerrero por la senda del conocimiento, menos puede permitirse pasos en falso. Su impecabilidad no es cuestión de propedéutica: es lo que caracteriza su tipo de vida. Cuanto más en contacto está el guerrero con las fuerzas espantosas y fatales, más impecable debe mostrarse.

Un hombre que se adentra por la senda de la hechicería sabe que ha dejado la vida corriente para siempre; sabe que el conocimiento es, efectivamente, algo espantoso, que los medios del mundo corriente no constituyen ya para él defensas contra la locura, y que debe adoptar un nuevo modo de vida si quiere sobrevivir.

Su única elección será pues hacerse guerrero, prisionero del poder, y sólo tendrá por defensa la impecabilidad.

Sin la conciencia de la muerte no sería sino un hombre corriente implicado en actos corrientes. No tendría la potencia y la concentración indispensables para transformar su tiempo corriente sobre la tierra en poder mágico.

La piedra filosofal del guerrero es, pues, la muerte, ya que él actúa para transformar el plomo de la vida cotidiana en oro mágico. La verdad es que la naturaleza de las cosas no cambia. Lo que cambia es la percepción del hombre, es decir, sus ideas sobre sí mismo. Las cosas no tienen naturaleza cognoscible; solo existen representaciones, ideas y, fuera de ellas, el misterio: puede decirse que la esencia de las cosas es el misterio, siempre será el misterio. La magia abre de esta manera un mundo cerrado por los mezquinos límites de la razón. Cuando se suprime la barrera, todo es posible y la razón no puede ya prevalece. La casualidad, el principio de no contradicción, la unidad sustancial, etc., todo desaparece con la dictadura del pensamiento; entonces es cuando la percepción contradice al pensamiento y cuando el guerrero debe optar por la percepción, honradamente, y no permanecer deshonestamente aferrado a sus pensamientos que nunca son hechos.

Pero continua Don Juan- preocuparse por la muerte permanentemente obligaría al hombre a concentrarse sobre sí mismo, y eso sería debilitador. Y la segunda cosa necesaria para ser un guerrero es el desapego. La idea de la muerte, en vez de llevar a la obsesión, se hace indiferencia. Y este desapego no es el del eremita, pues ello implicaría el voluntario abandono de sí mismo.

El hombre no se ha liberado no tiene la impresión de privarse de nada. Y esto sólo lo hace posible la toma de conciencia de la muerte.

Los métodos ascéticos recomendados por todas partes, nada tienen que ver con el comportamiento del guerrero. Privarse de algo, abstenerse, no sólo es mezquino: también es conceder importancia a aquello de lo que uno se priva. Esto no puede conducir al verdadero desapego; así lo demuestran los resultados. Por el contrario, es un método artificial, mancillado por el moralismo de quienes se imaginan que hay un mundo que dejar; este mundo, según ellos, es real y sustancial: ellos creen escoger otro, eso es todo. El guerrero no puede contentarse con tales subterfugios. No puede interesarse por una actitud moralizante. No puede atrincherarse en un cercado para realizar una vocación social que él denomina sagrada. Lo que debe conquistar es la totalidad de sí mismo, y no un envoltorio seco que habrá de dejar sobre la tierra en holocausto a no sé qué demiurgo sanguinario.

Un eremita o un monje están aún atados a su condición y puede ser que incluso más que la mayoría de los hombres. El guerrero debe despegarse de sí mismo, y en sí mismo apoyarse: Un hombre liberado, que sabe que no tiene posibilidad de evitar la muerte, sólo tiene una cosa en qué apoyarse: el poder de sus decisiones. Debe ser, por así decirlo, el dueño de sus elecciones. Debe entender claramente que su decisión depende únicamente de él, y que, una vez tomada, no hay tiempo para el arrepentimiento y las lamentaciones.

El guerrero no puede conformar su actitud a los imperativos de una moral cualquiera, pues actuar así es apoyarse en cualquier otra cosa, combatir los combates de extraños. La inminencia de su muerte es lo que le da la justa vía: esta predilección que no puede engañarle, pues ha sido elegida con toda humildad.

Al ser él mismo su único juez, cesa toda vanidad; y toda vanidad debe cesar porque de nuestra elección depende nuestra vida. El hombre "religioso" que depende de una opinión general, puede perderse en argucias o en mortificaciones; nada le cuesta en el marco en que está situado. El guerrero no puede usar de esta manera su poder. Aunque haya infinidad de representaciones, sólo hay un mundo: las solicitudes de "otro mundo" metafísico legitimado por la "Justicia u otras paparruchas, no pueden interesarle. Su dueño no es un dios antropomórfico; su ejemplo no lo recibe de otros hombres. Su dueño es el poder misterioso y espantoso, y, acorralado por su muerte, encuentra en sí mismo la decisión justa que le permitirá sobrevivir acumulando poder.

De este modo, el conocimiento de la muerte le hace desafecto y silenciosamente robusto. La meta del guerrero no es el infortunio, la mortificación en reparación de ilusorias ofensas a un dios inexistente. El fin del guerrero es la felicidad aunque para él tenga distinto significado que para el hombre ordinario: no es la felicidad del conejo en la madriguera, sino la felicidad del águila sobre las montañas.

Se debe escoger siempre un camino con corazón dice Don Juan- para ser siempre lo mejor de uno mismo; puede que para poder reír siempre

Dice Don Juan que uno de los aspectos de su locura controlada es la risa. Siempre se ríe, aunque sea inútil. Puede llorar, naturalmente, pero prefiere reír, mejor para él que los llantos.

Carlos Castaneda ha colocado esta frase de Don Juan en exergo en su primer libro: Yo recorro únicamente caminos que tengan corazón, no importa cual si tiene corazón. Este es el que recorro, y la única prueba válida es atravesar toda su longitud. Y yo la recorro mirando, mirando, con el aliento cortado.

Así pues, la vida del guerrero es, en esencia, recorrer un camino que tenga corazón, un camino que satisfaga recorrer, en todos los sentidos. Se comprende esta extraña y ardiente felicidad al dejar el mundo de los hombres corrientes, camino sin corazón, por un camino que tiene corazón. Este camino, como todos los demás, no lleva a ninguna parte. El placer está en recorrerlo; la meta no existe. Lo que el guerrero se pregunta es: "¿Tiene este camino corazón?". Y sólo ha de caminarlo libre de ambición y miedo.

Antes de convertirme en hechicero dice Don Juan encontraba mi vida demasiado larga; ahora ya jamás tendré tiempo de ver todo lo que veo. Así el guerrero, estando solo nunca está solitario. Don Genaro, benefactor de Carlos Castaneda, le enseña esto antes de la iniciación definitiva: La vida de un guerrero no puede ser fría, solitaria y desnuda de sentimiento, porque está fundada en el afecto, la devoción, la abnegación por quienes ama. Y Don Juan añade: El amor de Genaro es el mundo que nos rodea... La tierra sabe que Genaro la ama y ella le concede su protección. Por eso la vida de Genaro es tan plena y su situación será siempre colmada. Genaro se pasea por los senderos de su amor y está satisfecho donde está... He ahí la predilección de dos guerreros. Esta tierra, este mundo. No hay amor más grande para un guerrero. La tristeza pertenece sólo a quienes detestan lo que les abriga.

El guerrero vive impecable para recorrer este camino con corazón. El combate y la soledad no hacen al hombre duro y triste.

Un guerrero dice Don Juan- debe, en todo momento, dar señales de amistad.

El hombre elige ser lo contrario de un guerrero para evitar ser un hombre para quien la vida entera ha sido como la tarde del domingo, una tarde no exactamente desafortunada, sino caliente, pesada y desagradable. Ha sudado y se ha enredado mucho. No sabía donde ir ni qué hacer. Esta tarde sólo le ha dejado el recuerdo de pequeñas contrariedades y de muchas molestias; después, ha acabado bruscamente: ya era de noche.

B. Dubant y M. Marguerie "Castaneda, El camino del guerrero"

El romance con el conocimiento


1 comentarios:

Anónimo dijo...

excelente lo que acabo de leer, los felicito.

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Según Platón, el conocimiento es un subconjunto de lo que forma parte a la vez de la verdad y de la creencia.
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