martes, 30 de diciembre de 2008

Una metafisica de la naturaleza virgen

La tradición toda de los indios de América del Norte, exceptuados los del noroeste y de California y algunos del sudoeste, está contenida, desde el punto de vista del simbolismo geométrico, en la cruz inscrita en el círculo: el círculo corresponde al Cielo, mientras que la cruz indica las Cuatro Direcciones del Espacio y todos los demás cuaternarios del Universo; y también indica el temario vertical, Tierra, Hombre y Cielo, que sitúa en tres niveles el cuaternario horizontal. Podría decirse, además, que la sabiduría piel roja se basa, simbólicamente hablando, en los números "pitagóricos" cuatro y tres –el primero de los cuales es "horizontal", mientras que el segundo es "vertical"– y en su combinación, el número doce. Para describir esta "duodecimidad", podría decirse que está compuesta de tres cuaternarios horizontales situados uno sobre otro en un eje central o, más precisamente, de tres discos, en cada uno de los cuales hay la cruz horizontal de las cuatro direcciones. Estos tres grados se representan a veces en la forma de tres anillos pintados en el árbol de la Danza del Sol.

Joseph Epes Brown, conocido por su estudio sobre la pipa sagrada, nos escribía una vez, con respecto a un chamán de la tribu cuervo: «Me ha explicado con perfecta claridad la metafísica de la Danza del Sol diciéndome, entre otras cosas, que el recinto representa el Universo: el árbol de vida en el centro es el eje, cuyas ramas se extienden hacia lo alto, más allá del universo, hasta el Infinito. En el tronco hay pintados tres anillos que representan los tres mundos: cuerpo, alma y espíritu, o lo "denso", lo "sutil" y lo "puro". El eje se encuentra en todas partes y, en consecuencia, pasa a través de cada ser; el objetivo último de la danza es retirarse de la periferia y acercarse al centro para identificarse con él»

En el simbolismo de la cruz y el círculo, el círculo espacial y estático de la tierra se combina con el círculo temporal y dinámico del día o del cielo: el círculo puede ser el horizonte con los cuatro puntos cardinales si incluye la cruz, o puede ser el curso del sol con el amanecer, el día, el atardecer y la noche, o el año con la primavera, el verano, el otoño y el invierno.

Y esto es importante: el hombre es el centro, tanto de las cuatro direcciones horizontales del espacio como del temario vertical de la jerarquía cósmica; en este último aspecto, se identifica con la Vida y es mediador entre la Tierra "bajo sus pies" y el Cielo "sobre su cabeza"; o entre la inercia y la luz. En el primer aspecto es la Inteligencia, en la cual se reflejan y unen los cuatro cuartos, y se identifica entonces con el eje cósmico, el árbol del mundo. Es el calumet que une a todos los seres en una sola oración, a la vez que también es el Fuego central que señala el centro del mundo, y además (lo que viene a ser lo mismo) es en la pipa el ascua que transmuta en humo el tabaco o en Cielo la Tierra. El hombre, pues, se encuentra doblemente "en el centro"; en primer lugar en el plano horizontal, como Inteligencia y portavoz de todas las criaturas terrenas (que son fragmentarias respecto de él), y en segundo en el eje vertical, como mediador: él es el punto de encuentro de Tierra y Cielo, y en él están sintetizadas las posibilidades esenciales en este plano de existencia.

Hartley Burr Alexander señala (en "The World's Rim", University of Nebraska Press) que los indios dicen que el hombre, cuando se levanta al amanecer, mira instintivamente a la luz de la aurora que disipa la oscuridad, o sea hacia al este, y que esta dirección (en la que empiezan numerosos ritos indios y a la que se abren las tiendas y recintos) estará en consecuencia "frente" a él. El oeste se encontrará "detrás", el sur "a la derecha" y el norte "a la izquierda". Además, para un hombre de pie (y esa es la posición que lo distingue de los cuadrúpedos), el mundo sensible se divide en tres esferas, que igualmente se encuentran en la estructura del cuerpo humano: la tierra bajo sus pies, el cielo sobre su cabeza –o pies y cabeza– y el centro del cuerpo, el ombligo o zona de la matriz, símbolo de la vida.

Si la cabeza humana corresponde al Cielo y los pies representan la Tierra, la zona umbilical o la matriz representa al Hombre. El hombre es espíritu encarnado;(Recordemos aquí esta fórmula: Et benedictus fructus ventris tui. El hombre terrenal vive en la matriz del macrocosmo y no en la cabeza celestial de éste.) si fuese sólo materia, se identificaría con los pies; si fuese sólo espíritu, sería la cabeza, es decir, el Cielo; sería el Gran Espíritu. Pero el objeto de su existencia es estar en el centro: es ir más allá de la materia mientras está situado en ella, y realizar la luz, el Cielo, partiendo de ese nivel intermedio. Cierto es que las otras criaturas participan también de la vida, pero el hombre las sintetiza: él lleva en sí toda vida y por ello se convierte en el portavoz de toda vida, el eje vertical en el que la vida se abre al espíritu y donde se convierte en espíritu. En todas las criaturas terrenas, la inercia fría de la materia se convierte en calor, pero sólo en el hombre el calor se convierte en luz.

Decíamos que las criaturas inferiores son fragmentarias, pero no tienen tan sólo ese aspecto "accidental" que permite al hombre matarlas y usarlas para su alimento; tienen también un aspecto "esencial" a causa de su simbolismo concreto por una parte y de su "anterioridad" por otra: creadas antes que el hombre, pueden manifestar algo del Origen Divino, y es ese aspecto lo que provoca a veces su veneración; en virtud de ese aspecto trascendente se manifiesta fácilmente el Gran Espíritu –en el mundo de los indios– a través de animales y plantas, e incluso a través de los grandes fenómenos de la Naturaleza, como el sol, la roca, el cielo o la tierra. La manifestación múltiple del Gran Espíritu, desde el punto de vista del simbolismo y de la acción celestial, equivale al Gran Espíritu; las cosas no son en sí mismas misterios, sino manifestaciones de misterios, y el Gran Espíritu, o el Gran Misterio, las sintetiza en Su Unidad transcendente.

El hijo del santo siux Alce Negro ("Alce Negro Habla", de John Neihardt, y "La Pipa Sagrada", de Joseph Epes Brown, )] nos recalcó que los indios no daban culto a rocas, árboles ni animales; pero, como el hombre fue creado únicamente después de todas las demás criaturas, a través de ellas puede y debe acercarse a Dios. Las siguientes palabras de otro siux (pronunciadas mientras paseábamos con él al pie de las estribaciones de las Black Hills) son muestra de la misma veneración por la naturaleza: «Ese es el Desfiladero del Bisonte. Por esa puerta solían venir en tropel las manadas de bisontes. Lo mismo que el Gran Espíritu hizo una Puerta por la que el hombre puede llegar a Él, así hizo también una puerta por la que los bisontes viniesen al hombre». El bisonte no es sólo un don de Dios para el sustento del hombre, también es un símbolo de la Palabra Divina y un instrumento de la Revelación. La Pipa Sagrada la trajo la Mujer Bisonte Blanco, bisonte celestial transformado en mujer. «Nuestra tradición –nos dijo un anciano cheyenne– es la misma que la de la Biblia; Dios es invisible, es puro Espíritu. El sol y la tierra no son Dios, pero son para nosotros como el padre y la madre.»

Hay lenguas indias en las que al Espíritu Divino se lo designa de manera completamente diferente, donde se habla, por ejemplo, del "Gran Poder Solar", pero la doctrina fundamental sigue siendo la misma.


* * *

Una característica original deja tradición piel roja es que el elemento "profético", que en otros lugares cristaliza en escasos avatâras , está esparcido, por decirlo así, por todos los miembros de las tribus, sin abolir por ello las diferencias de grado y las manifestaciones cruciales. En cierto sentido, por sorprendente que pueda parecer, cada hombre es su propio profeta, que ha recibido su propia revelación, aunque naturalmente dentro del marco de la tradición general, que regula estrictamente las modalidades exteriores e incluso interiores de ese profetismo colectivo. Pero, repitámoslo, eso nunca podría impedir la existencia de revelaciones mayores, válidas para una colectividad tribal particular , o para todas, como es el caso del Calumet o de la Danza del Sol. El aparente "individualismo" del indio se explica por el papel espiritual del hombre como tal, de la persona libre y cualitativa, de las hazañas y el carácter; y también viene inspirado por la relación entre el individuo y la tribu, por una reciprocidad de dones, de deberes, de generosidad. Pero lo esencial, en ese contexto social, es la fidelidad a sí mismo, a la visión que uno mismo ha recibido, al pacto que uno mismo ha efectuado con una teofanía particular o, en otros términos, con la propia "medicina" o el propio "tótem".

Esta palabra. que se ha hecho convencional en el lenguaje de los blancos, se deriva del ojifbwey ototeman, "familia hermano-hermana de él". El animal totémico no carece de analogía con nuestro "ángel custodio"; además, no olvidemos que, en los Evangelios, el Espíritu Santo no desdeña aparecer en forma de paloma, y que fue la aparición de un ciervo milagroso lo que convirtió a San Huberto.

Otro elemento característico del indio, que parece contradecirse con el anterior, es su "polisintetismo", es decir, su conciencia de la profunda homogeneidad del mundo creado y el sentido de la solidaridad universal que de ella resulta. Todas las criaturas, incluidas las plantas e incluso los minerales –y lo mismo cosas de la naturaleza como las estrellas o el viento– son hermanos; toda cosa está animada y cada cosa depende en cierto modo de todas las demás. El hombre, si bien es mediador en cierto aspecto, en otros aspectos no se opone al resto la creación. El indio, como toda la raza amarilla –porque el indio es mongoloide– vive en la naturaleza y nunca está separado de ella; psicológicamente, es como un samurai convertido en cazador o en nómada: su contemplatividad, en lo que tiene de más íntimo y exaltado, guarda sin duda relación con ese método intuitivo e inarticulado que es el Zen o, en otros aspectos, con la Naturaleza espiritualizada del Shinto. Entre las sabidurías del Viejo Mundo, acaso lo que más adecuadamente –y también más profundamente– exprese la actitud espiritual del "piel roja eterno" es el Bhagavad Gíta. El combate es un modus vivendi –querido por la naturaleza– al que se superpone una silenciosa e impasible contemplación en soledad virgen; en la enseñanza de Krishna hay una participación combativa, pero desapegada, en la corriente de las formas y, al propio tiempo, una contemplación que permanece en el centro con la incorruptibilidad de una roca.

No es que ésta sea la manera como han sido siempre de hecho los indios –ninguna civilización ha sido capaz de realizar íntegramente su "ideal"–, sino cómo los quiere su tradición, y cómo han sido si nos referimos a sus elegidos ya sus mejores momentos, si puede decirse así.

A la tradición piel roja se le suele hacer el reproche de que tiene una concepción inadecuada del otro mundo. Pero esa aparente laguna tiene aquí los mismos motivos que en el caso del Shintoísmo, que es parecido: en estas perspectivas no se hace sentir la necesidad de una escatología elaborada, porque el más allá lo garantiza la cualidad por decirlo así obligatoria e inevitable de esta vida; eso es lo que explica en ambas tradiciones su rigidez con respecto a la doctrina, las virtudes, el código dé honor y el sentido del deber. Tampoco debemos pasar por alto que, desde el punto de vista hindú y budista, la escatología de los semitas también es relativamente incompleta, pues parece aceptar, por un lado, la idea de un castigo casi absoluto para un acto, que es algo necesariamente relativo y, por otro, la idea de una eternidad que ha tenido comienzo. También aquí, como en el caso de la escatología piel roja y de la shintoísta, diremos que el Cielo no sólo tiene razones para hablar, sino que también puede tener razones para guardar silencio, según lo que requiera la naturaleza del receptáculo humano.

El indio tradicional fue uno de los hombres más libres que quepa imaginar y, al propio tiempo, uno de los más atados: le pertenecían la amplia pradera, los bosques y las montañas; hablando desde el punto de vista práctico, su espacio vital no conocía límites; pero en ningún momento podía salirse de su universo religioso ni del papel que éste le imponía. Por una parte estaba encerrado en un espacio que era estrictamente simbólico –como si su credo hubiese cristalizado espacialmente a su alrededor–, y por otra se identificaba con el curso implacable de esa gran prueba que es la vida; nunca, ni en el tiempo ni en el espacio, abandonaba el indio el símbolo visible, que él representaba y vivía; podría decirse que lo sufría y la realizaba simultáneamente. y de esta combinación de libertad heroica y coacción divina derivaba su fascinante originalidad y esa grandeza, en parte guerrera, en parte sacerdotal, que –junto con otros factores como el culto al silencio y la impasibilidad– lo vinculan al samurai zen del Japón antiguo.

Fuentes:

Extraído de: "El Sol Emplumado",
Frithjof Schuon.





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