sábado, 11 de octubre de 2008

Prólogo de Ken Wilber al libro de Cohen Andrew "Viva Iluminacion".

Hablando de maestros espirituales, están los juiciosos, afables, consoladores, tranquilizadores, los preocupones; pero están también los forajidos, los terrores vivientes, los Chicos Rudos y las Chicas Insoportables de la realización divina, hombres y mujeres que te plantan cara, te importunan, te aterran, hasta que despiertas radicalmente a lo que en realidad eres.

¿Puedo sugerir algo?: escoge a tus maestros con todo cuidado.
Si quieres que te animen, que te sonrían con suavidad, que te soben el ego, que hagan blandas caricias a tu modo de ser autocontraído, que te den palmaditas en la espalda y te digan dulces palabras de consolación, búscate un Chico Amable o una Chica Buena y tómalos de la mano mientras caminas por la delicada senda de la reducción del estrés y del confort egoico. Pero si lo que quieres es la Iluminación, si quieres despertar, si quieres freírte en el fuego del Infinito apasionado, entonces –te lo prometo– búscate un Chico Rudo y una Chica Insoportable, de esos que, cuando estás delante de ellos, te sientes incómodo, que te asustan hasta el aturdimiento, que en un dos por tres se vuelven contra ti y te ponen en ridículo, que te hacen desear no haber nacido; que te ofrecen no un suave confort, sino un terror abyecto; no un consuelo con sacarina, sino una angustia que te achicharra,... pues entonces, sólo entonces, podrías muy bien encontrar-te en la senda hacia tu propio Rostro Original.

Sospecho que la mayoría preferimos que nuestros maestros sean de la variedad de los Chicos Amables: blandos, reconfortantes, nada amenazadores, una fuente de socorro para el alma deshecha y fatigada, un puerto seguro en medio de la tempestad samsárica. Nada hay de malo en esto, desde luego: la espiritualidad se da en todo tipo de sabores y he conocido algunos Chicos Amables espantosos. Pero si el sabor tiende hacia la Iluminación en vez de hacia el consuelo; si se desvía de las ensoñaciones tranquilizantes hacia un auténtico despertar; si retumba hacia la realización divina y no hacia la fortificación egoica, entonces lo que se requiere es una muerte aborrecible y brutal: la muerte literal del yo separado, una dolorosa, atemorizante y horrorosa disolución... una milagrosa extinción que presenciarás a medida que te expandes hacia la Verdad ilimitada, informe y radical, la cual impregnará cada célula tuya, te empapará hasta el meollo de tu ser y expandirá lo que pensabas que era tu "yo" hasta que alcance galaxias distantes. Pues sólo del otro lado de la muerte se encuentra el Espíritu; sólo del otro lado de la matanza del ego se encuentra el Bien, la Verdad y la Belleza. "Cuando el tiempo llegue, se darán cuenta de que la auténtica gloria se encuentra donde uno cesa de existir", como constantemente nos recordaba el ilustre Sri Ramana Maharshi. Tu verdadera gloria se halla del otro lado de tu muerte, y ¿quién te va a mostrar una cosa así?

No los Chicos Amables ni las Chicas Buenas, porque ellos no desean herir tus sentimientos. No quieren agobiarte. Están aquí para susurrarte al oído dulces naderías y colocar premios de consolación en la mano extendida de la autocontracción, un bálsamo para un ego agotado y destrozado por la guerra, unas técnicas para levantarlo en su constante batalla con el mundo de lo otro. En cierto sentido es muy fácil ser un maestro Chico-Amable: nada de alteraciones y confusiones, nada de pelear contra la resistencia egoica y la agotadora confrontación. Sé bueno con el ego, dale palmaditas en la espalda, que se dedique a contar respiraciones, que musite algunos mantras.

Los Chicos Rudos saben más. No están aquí para consolar, sino para destrozar; no están para reconfortar, sino para demoler. Ellos son inflexibles, firmes, brutales, como rayos láser. Se plantan ante tu rostro hasta que reconozcas el Rostro Original, y sencillamente no se retirarán, ni condescenderán; no cejarán hasta que te rindas radical, plena, completa y
resueltamente. Viven como la Compasión –la compasión real, no la compasión idiota–, y la compasión real usa la espada con más frecuencia que el caramelo. Ofenden profundamente al ego (y cuanto mayor sea la ofensa, quiere decir que más grande es el ego). Están vivos como la Verdad, y en todas partes se enfrentan a los egos, y escogen que así sea sin titubeos.

Fritz Perls, el fundador de la teoría de la gestalt, solía decir que nadie va con el terapeuta para mejorar (por más que siempre digan eso), sino que van para perfeccionar sus neurosis. De igual manera, nadie acude con un maestro espiritual para obtener la Iluminación (por más que todos digan que sí); más bien van con el maestro espiritual a aprender juegos egoicos más sutiles y sofisticados (en este caso, el juego de "¡Miren qué espiritual soy!"). Después de todo, ¿qué es lo que de ti, por principio de cuentas, te lleva al maestro espiritual? No es el Espíritu que hay en ti, pues éste ya está iluminado y no tiene necesidad de buscar. No, es el ego que hay en ti lo que te lleva con el maestro: deseas verte en presencia del juego espiritual, quieres verte mañana como un ser realizado. Hablando francamente, deseas que tu ego continúe hasta alcanzar un paraíso espiritual.

Y, ¿qué puede hacer un pobre maestro cuando se topa con tal astucia egoica? Todo el mundo que va con un maestro espiritual llega motivado egoicamente. Y a los maestros les quedan dos opciones frente a esta avalancha de tanto ser separado, esta conferencia de auto-contracciones: pueden tocar al ritmo que les marca el público o volar todo el edificio.

Andrew Cohen es un Chico Rudo. No está aquí para ofrecer confort; está aquí para desgarrarte en mil pedazos... con el fin de que el Infinito pueda reensamblarte, la Libertad pueda sustituir al encarcela-miento, la Plenitud brille más que el miedo. Y esto, sencillamente, no sucederá si lo que deseas es consuelo, oraciones que te alivien, trivialidades que no incomoden: "todo va a marchar bien". Bueno, si lo que deseas es la Iluminación, no todo va a ir bien. Por el contrario, será infierno, y sólo los Chicos Rudos lo son lo bastante como para decírtelo y mostrártelo... Si puedes resistir la rudeza, aguanta el fuego y quémate de arriba abajo como Infinito e irradia como las estrellas.

Todo maestro profundamente iluminado que he conocido ha sido o un Chico Rudo o una Chica Insoportable. Los primeros Chicos Rudos fueron, desde luego, los grandes maestros zen, los cuales al encontrar-se con alguno de esos egos que decían querer la Iluminación, tomaban un palo y pegaban con él entre ojo y ojo al aspirante. Y esto no era más que el principio, era la parte fácil; las cosas se tornaban aún más fastidiosas, pero en el otro extremo de esa brutalidad se hallaba la siempre presente Realización, la espantosa y
estremecedora muerte del yo y la radiante resurrección del Espíritu infinito como tu propia y verdadera naturaleza... si aguantabas el calor.

Los Chicos Rudos se portan contigo lo peor que pueden; respiran fuego, comen carbones ardientes, son capaces de asarte el trasero en un segundo, sin que te dé tiempo de gritar y te fríen el ego antes que te enteres de lo que le pasó; son capaces de deshacer el miedo que te contrae y socarrar tus bien afinadas defensas: si resistes el calor.

Siempre he oído los maestros que son Chicos Afables decir que Andrew Cohen es rudo; pero pienso: "No te sabes ni la mitad del cuento". He oído decir a menudo que Andrew es difícil, ofensivo, quisquilloso; pero pienso: "¡Gracias a Dios!". En realidad, práctica-mente todas las críticas que he escuchado de Andrew son alguna variante de "Es muy rudo, ¿no crees?". Pero sonrío de oreja a oreja, pues si no fuera por los Chicos Rudos y las Chicas Insoportables
de la realización divina, el Espíritu sería un raro visitante en este extraño territorio.

La revista de Andrew, What Is Enlightenment? [¿Qué es la Iluminación?], por ejemplo, es la única que conozco que es profunda, auténtica y escandalosamente Ruda, lo que quiere decir que es la única que hace las preguntas sin tapujos, que mata las vacas sagradas y se enfrenta a la Verdad, cualesquiera que sean las consecuencias. La revista expresa toda la rudeza
necesaria para desbaratar la complacencia egoica, una complacencia enferma y gruesa, coagulante, sofocante, que se ahoga en su propia autosatisfacción. Tienen razón quienes están profundamente ofendidos con Andrew. En efecto, es duro de verdad.

Así que, ¿aguantas el calor, o prefieres palabras más reconfortantes, blandas y mitigantes; más premios de consolación por una Iluminación que seguirá esquivándote? ¿Quieres una palmadita en la espalda o estás listo a que te desuellen y te frían?

¿Puedo hacer una sugerencia? Si resistes el calor, te convencerás de que tu verdadera gloria se encuentra donde cesas de existir, donde la autocontracción se ha desenrollado en la vasta expansión de todo el espacio, donde tu "yo" separado se ha asado y ha sido sustituido por un resplandeciente infinito —una Liberación radical demasiado obvia para verla, demasiado simple para creerla, demasiado cercana para alcanzarla— y tu Ser real, como si no tuviera
importancia, pero con toda seguridad, anunciará su Presencia, al tiempo que con todo sosiego abrazará al universo entero y engullirá galaxias enteras.

En breve, si estás listo para reconocer tu propio Rostro Original, si eres capaz de estar en el medio mismo de un fuego devastador que fundirá tu corazón y lo abrirá a la eternidad, entonces has llegado al lugar justo.

En las páginas que siguen verás que Andrew Cohen es un Chico Rudo que actúa con una resuelta integridad, una integridad que muestra compasión para con tu Ser real y un palo muy grueso para tu ego. Si resistes el calor, entonces entra en la verdadera cocina de tu propia alma, donde no encontrarás otra cosa que el radiante Dios del entero cosmos. Pues es el Espíritu radiante el que está mirando ahora mismo por tus ojos, hablando ahora mismo con tu lengua, leyendo las palabras de esta página, ahora mismo.

Tu Ser real es Espíritu glorioso en éste y en todo momento, y se requiere de un Chico muy, pero muy rudo, para señalártelo y plantar-se ante tu rostro hasta que reconozcas tu propio Rostro Original, que brilla aquí y ahora.


1 comentarios:

Z. dijo...

Magnífico libro! Recorro tu blog, muy inspirador.
Saludos!

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